viernes, 15 de diciembre de 2017

Mis bellas muñecas


(Con motivo del 50º aniversario del estreno de El valle de las muñecas, recupero este post, originalmente publicado en el blog IAV el 15 de diciembre de 2014)


Hace más tiempo del confesable, yo tendría unos quince años y el teletexto de Antena 3 me prometía que a las cinco de la madrugada emitiría El valle de las muñecas
El título llamaba la atención, sí, y yo juraba que lo había oído antes. Quizá en algún lugar de mi infancia, allí en donde la película había caído de la memoria colectiva para que nadie la volviera a mencionar.
Revisé el reparto. Patty Duke, Sharon Tate, Susan Hayward. Buena pinta. Sólo me quedaba consultar Microsoft Cinemania para leer la crítica del augusto comentarista Leonard Maltin. Oh, le colocaba una solitaria estrella de puntuación y decía que era "terrible". 
No sé por qué motivo, pero ignoré esa crítica, De hecho, fue el primer acto de rebeldía que cometí contra la opinión ajena. Y en toda mi existencia, no han sido tantos como debería. 
Programé la grabación y me fui a dormir. Ignoraba que era el principio de una obsesión, no sabía que sería la película que más veces vería en mi vida ni que ocuparía un lugar especial en mi memoria, en mi educación, en lo que se piensa superado y, de repente, vuelve a resurgir.


Tampoco sabía que, por aquel 12 de diciembre de 1996, la película estaba a punto de cumplir veintinueve años desde su fecha de estreno. 
Dudo que Antena 3 lo supiera. La despachaba a altas horas de la madrugada, como hacía con todo el catálogo de clásicos de la Fox del que disponía por entonces. A veces, repetía esos títulos, dudando que alguien estuviera al otro lado. Era para rellenar esa madrugada, ya fuera con El signo del Zorro, If, El favorito de la reina. O con mis bellas muñecas.
Por entonces, programar y grabar era una cosa endemoniada, casi una apuesta. Sólo había una ocasión para acertar, un dato equivocado en la programación te condenaba y la cadena podía adelantar la hora de emisión, por lo que la película podía aparecer empezada.
Al día siguiente, rebobinando El valle de las muñecas, paré un segundo para comprobar si había llegado al principio y, tras darle al Play, lo primero que vi de la película fue a Susan Hayward ultramaquillada, ultravestida y un tanto vejestorio en un número musical protagonizado por un móvil de figuras psicodélicas, que lucían como una maraña sobre la legendaria actriz. Mi primer "what the fuck?".


Cuando llegué al principio de la grabación, vi que la película se había grabado comenzada. Mierda. Luego calcularía que unos veinte minutos. 
Lo grabado empezaba con Sharon Tate poniendo cara de embarazo mientras Tony Scotti le cantaba en un club nocturno, ante los ojos curiosos de todos. 
"Esa es Miriam, su hermana, no hace nada sin consultarle". 
La presencia de Lee Grant, como una esfinge, imborrable.


Además de emitirlas a esas horas, eran copias para televisión que, por entonces, significaba que los formatos diseñados para pantallas horizontales  - Cinemascope o Panavision - se rompían y adecuaban a la pantalla de tres cuartos. 
Era espantoso para las películas, porque su escenografía estaba basada en la horizontalidad y partida y extendida hacia arriba, quedaba incomprensible y deformada. Las formas se alargaban, los colores se desparramaban por toda la imagen. 
Para una película tan recargada y sesentera como El valle de las muñecas, esa distorsión de la imagen era sólo lo que le faltaba. Esos planos detalle del cigarrillo que Neely tira a la piscina o la peluca de Helen Lawson mojada en el suelo lucían aún más exacerbados con el cambio de formato. Daba hasta miedo.
La película es una experiencia y lo fue la primera vez que la vi. 
Cuenta la historia de tres mujeres jóvenes y sus desventuras en el negocio del espectáculo. Es un mejunje de clichés de dramas backstage bien conocidos.
Estaban todos allí en una película tardía, que se aferraba a un modo de producción clásico y, a la vez, quería abrazar una modernidad. Esa "modernidad" eran el sexo y las drogas, abordado con un tono entre timorato y sensacionalista.


Había momentos en que no podía entender el argumento y, además, confundía a las actrices que interpretaban a Anne y Neely. 
Supuse que debía ser por verla empezada, pero, no, la película es así. Está tan desestructurada, que salta de un personaje a otro de repente, le dedica mucho tiempo a uno y luego vuelve a perderlo.
Pero, a medida que se va centrando en la degradación de su personaje estrella - Neely O'Hara -, este se hace inolvidable. 
Neely O'Hara se aísla de los demás y se adueña de la película para bien y para mal. Los gritos, los gestos, las locuras, su estancia en el manicomio, cuando se encuentra a un viejo amigo en silla de ruedas en pleno sanatorio y se lanzan a cantar, cuando le arranca la peluca a la diva enemiga. No podía creer lo que estaba viendo. Era un continuo "¿qué más va a pasar?".
El nombre del personaje ya era un taladro que buscaba enterrarse en el cerebro y allí quedarse. Neely O'Hara. 
A mi profesora de Matemáticas de entonces la llamaban Nelly. Y verla ahí nombrada con el volcánico apellido irlandés de Escarlata era una mezcolanza de calado y espanto.


La saga de Jennifer North era también de traca y tenía su momento esencial en la cinta erótica que protagoniza en Francia. 
La película no sólo juzgaba y castigaba las ambiciones de sus protagonistas, sino arremetía contra todo lo nuevo, lo extranjero, lo licencioso. El valle de las muñecas es una fantasía de reprimidos con ganas de fiesta, en la que, de pronto, un personaje dice que un tercero es maricón - pionera vez en una gran producción de Hollywood -, aunque el doblaje español se preciaba en sustituirlo por el aún más carcajeante "afeminado". 
Cuando llegó el final, en la nieve, yo no sabía bien lo que había visto, pero era difícil sacudírselo de la cabeza. Recuerdo que escribí en un diario que El valle de las muñecas me parecía un "delirio", porque nunca ha existido otro modo más rápido de definirla. 
Todo es delirante. Los peinados, los diálogos, las ocurrencias dramáticas, la composición narrativa y visual, las interpretaciones, los trajes, los números musicales y los ultrasesenteros montajes donde se dispara la vida de cada una de las "muñecas".
Como decía, era un Hollywood viejo pasando por moderno y atrevido. Y el desfase es tan brutal que un melodrama sobre los horrores del estrellato acaba dando mucha risa. Por su exceso y su afonía. 
Leonard Maltin, que es un señor muy serio, así lo decía: la película era horrible.


Grabar en VHS era un coñazo, como ya he dicho. Decidí borrar esa "película horrible" por alguna otra buena y bien considerada, para la que no tendría cinta disponible en ese momento. No estaba muy seguro de hacerlo, pero suponía que Antena 3 repetiría El valle de las muñecas en cuestión de semanas y, así, la tendría entera. 
No la volvió a poner. Jamás. Y comenzó mi obsesión.
Llamé a la cadena varias veces para implorar que la echaran. Tienes que entenderme: era un adolescente alienado y solitario. 
Me obsesioné por todo lo sesentero, aquello que estuviera más cerca de ella. Las melodías más suaves de los Beatles o las primeras películas de Ryan O'Neal y Michael Douglas eran oídas y cazadas en madrugadas, esperando, siempre esperando, que volviera El valle de las muñecas.
Leí que estaba considerada un clásico del camp y que la interpretación de la celebrada actriz juvenil Patty Duke como Neely O'Hara se calificó de "desastre" y le costó una buena transición a papeles adultos. 
Me enteré que estaba basada en una novela de éxito y que fue una de las películas más taquilleras de 1968. 
La busqué en vídeoclubs y grandes almacenes desde el secreto, desde la esperanza triste que se tiene cuando se empieza a vivir. 
El valle de las muñecas. Busca por la V, aunque ya sepas que no va a estar.


Cuando llegaron las primeras conexiones a Internet a mi casa, supe que, por fin, iba a ver porno gay y, por supuesto, soñé con encontrar cosas de El valle de las muñecas. Quizá una copia.
Recuerdo el lento descargar de las webs dedicadas a Sharon Tate y Patty Duke, allí donde se encontraba alguna que otra imagen de la película. En Reel.Com, la definían como "kitschy, over-the-top", mientras yo surcaba por el pesado mar que era la World Wide Web en aquellos últimos años noventa. 
Encontré un vídeoclub online que afirmaba poseerla. No me lo podía creer. "¿Seguro que no es la parodia que hizo Russ Meyer en 1970?". "No, es la que dices".
Por fin, llegó al correo. La portada con Sharon Tate con media teta fuera era tremenda, fruto de una remota edición en VHS, que la hacía lucir como una entrega de erotismo. 
Pero, sí, era El valle de las muñecas, año y medio después, por fin, para mí. Desde entonces, cada vez que no tenía gran cosa que hacer, la ponía.
"Me gustan las píldoras y divertirme. No necesito a nada ni nadie", se desgañitaba Neely O'Hara. Y mi madre, que lo oía desde el otro cuarto, decía:
- Por Dios, qué película tan fuerte.


Cuando se desarrolla una relación tan íntima y poderosa con algo a esas edades, es difícil calcular el alcance verdadero que tendrá en el resto de nuestras vidas. 
Aún ahora, y de repente, me veo a mí mismo haciendo un gesto o diciendo algo que suena a El valle de las muñecas.
Cuando alguien dice la palabra "valle", la completo en mi cabeza. 
En otros tiempos, me imaginaba como Anne Welles, la que abandonaba su pequeño pueblo y llegaba a la ciudad, porque quería ver "nuevas caras, nuevos lugares, nuevos escenarios" y decía aquello de "no sé quién soy ni lo que quiero, pero tengo que averiguarlo como sea".
En la película, Anne volvía a casa. Tal y como he hecho yo, muchos años después.
Además de verla tanto, también quise leer la novela original, redactada por Jacqueline Susann, toda una personalidad de los sesenta, que parecía un personaje más de sus propias novelas, bestsellers de entonces que recogían chismes de la farándula con los nombres cambiados.
El valle de las muñecas, que está inspirado en la tragedia de figuras como Judy Garland, Carole Landis o Marilyn Monroe, sigue siendo una de las novelas más vendidas en Estados Unidos. Era ese "libro sucio", ajusticiado por la crítica y devorado por las amas de casa, que lo escondían bajo sus colchones o en baúles del desván. 
Encontré el libro milagrosamente en la biblioteca de mi instituto y lo robé. Todavía está ahí el fruto del único hurto de mi vida, mirándome desde la estantería, y yo sé que lo volvería a hacer. 
Me lo leí en una noche, porque es tan adictivo como las píldoras que cuenta.


Más coherente y descifrable que su adaptación cinematográfica, suele considerarse tan trashy como ésta, aunque, cada vez que lo leo, me impresiona más su potencia, su visceralidad, su falta de tapujos. Es un gran libro sobre mujeres y destrucción, escalofriante en muchos de sus pasajes y de una sinceridad cafre que resulta de lo más liberadora tanto para los que lo leen como para los que queremos escribir.  
Mi obsesión por las muñecas siguió bien nutrida durante los años siguientes. No hubo duda en cuál fue el primer DVD que me compré. Cuando estudiaba Guión en la Escuela de Cine, quise hacer una adaptación de la novela como ejercicio de clase, pero mi honorable profesor de entonces me dijo que nanay. Ya la haré, que no se preocupe. 
Le presté el DVD a mis compañeros y adoraba oír sus estupefactas opiniones al respecto. 
Y, si rastreas los primeros tiempos del anterior blog, encontrarás una serie de posts semanales dedicados enteramente a celebrar el 40º aniversario de la película.
Tan mala, tan divina. Cuando se estrenó en 1967, el crítico Bosley Crowther escribió que era "increíblemente empalagosa y falsa" y que "todo amante de las películas debía darse la vuelta e ignorarla". El país entero fue a verla.
Pero a pocos gustó el resultado y más de una carrera de sus intérpretes y responsables enterró para siempre. 
Sólo emergió como fenómeno de culto cuando se convirtió en un festín para las sesiones de madrugada en los años setenta y a través de esporádicos pases televisivos.


En algún lugar del camino, descubrí que El valle de las muñecas era un icono gay en Estados Unidos. 
Es un muestrario de divas, que sufren mucho, se drogan, se acuestan con hombres poco recomendables y viven obsesionadas con su apariencia y su reputación. Cosas que son sentidas, identificadas, descifradas por muchos varones homosexuales. El tono exagerado, salido de madre, se deviene en camp o actitud amanerada, y he ahí el encanto.
Pero, cuando yo la descubrí, no sabía que a otros maricones del mundo les fascinaba tanto como a mí. En realidad, no sabía que existían tantos maricones en el mundo. Al fin y al cabo, todo sobre mí era un secreto, una incógnita, un misterio, para ser descifrado con el tiempo.
Tal raro misterio que nunca lo fue. En aquella entrada del diario de mis quince años donde escribí que era "delirante", también anoté que me había masturbado ante la visión del pecho desnudo de uno de los actores. "Creo que soy bisexual", añadí, para mentirme lo justo. 
Parece que fue ayer, pero han pasado muchos años. La he visto tantas veces, más que ninguna otra. Hay ocasiones que la he disfrutado más. Algunas me ha aburrido. "Me la sé de memoria". Otras es como descubrirla. Aunque, sinceramente, siempre echo de menos aquella copia de Antena 3, con todos los colores desparramados y tan horribles.
Cuando salió una edición especial en DVD, un comentarista de Amazon dijo lo que yo sentía: "He muerto y estoy en el Cielo". Karaoke de las canciones - con una píldora saltando sobre las letras - varios documentales, material de archivo sobre el estreno, pruebas de casting, fotos, lobby cards, trailers y un diseño de menús de muchísimo Wow. Y todo empaquetado en una caja rosa, como no podía ser menos.
Además, también incluye un impagable audiocomentario con Barbara Parkins, que interpreta a Anne Welles y es la actriz que se ha tomado con más alegría el fenómeno de culto que arrastra la película. 


En el audio y con esa voz tan cautivadora, Barbara cuenta anécdotas, se ríe con los diálogos y manifiesta su nulo arrepentimiento de haber participado en El valle de las muñecas, mientras descubre cosas que ya sospechábamos: muchos de los trajes les eran incómodos y casi todo lo que llevaban en el pelo era postizo.
Precisamente, el momento cumbre es la revelación de que la malvada diva Helen Lawson lleva peluca. 
Barbara cuenta que todo el equipo estaba presente en el rodaje de esa escena y el mismísimo Richard Zanuck bajó a presenciarlo. 
"Y nadie tenía idea de que esa secuencia daría tanta risa. Era una escena dramática interpretada dramáticamente por Patty y Susan y para todos los que estábamos allí", asegura la Parkins.


También cuenta el odio que le tenían al director, aquel eficiente, siempre gris Mark Robson, que vivía más preocupado en fotografiar las píldoras con belleza antes que hablarles a sus actrices sobre los efectos que producía y el proceso de degradación que causaban.
Patty Duke, para quien hablar de esta película era rememorar la peor experiencia de su carrera y aquella que fastidió muchas de sus expectativas profesionales, se lo ha tomado con el humor requerido sólo en los últimos años y ante el ánimo de sus seguidores. Aún así, no duda en calificar a Robson como "el más malvado hijo de perra que he conocido en mi vida". 

Patty Duke, Mark Robson, Lee Grant, David Weisbart, Jacqueline Susann y Barbara Parkins

Además de los terrores vividos en el rodaje, del enfado de Jacqueline Susann ante lo que habían hecho con la adaptación de su novela, de los millones de dólares ganados y del repudio absoluto que acompañaría las notas de prensa al respecto, la reputación de El valle de las muñecas acrecentaría su condición infamous cuando Sharon Tate fallecía brutalmente dos años después a manos de la banda de Charles Manson.
De repente, la película era espectral.


"De un modo extraño, todo lo que pasa en El valle de las muñecas nos pasó a nosotras. Sharon murió trágicamente, Patty sufrió una crisis nerviosa y yo abandoné Hollywood", dice Barbara Parkins para incrementar la capacidad obsesiva de esa gran anomalía, de esa película, oh, tan mala. 
¿Es mala?, me pregunto yo.
Era la primera película mala que me gustó. Es la única ineptitud cinematográfica que me ha gustado nunca. Para mí, está por encima de su calidad o sus deficiencias. 
Dicen que le otorgo más de lo que tiene, como buen gesto posmoderno. 
Yo la vivo alucinante, mesmérica, como quien echa la luz de una antorcha sobre una pared de jeroglíficos indescifrables, que hablan de un tiempo y un cine, perdido, arruinado, hermosísimo en su decadencia como lo fue en su esplendor. 


Esa música, esa fotografía. La película es un melodrama, un desfile de moda, un musical, un cuento de terror y la más absurda de las comedias. Todo amante de las películas debe mirarla. No gustará a todos, pero es raro que deje indiferente. Y, si se tiene sentido del humor, si se ha visto mucho cine clásico o si se tiene cierto gusto por lo old-fashioned, es probable que encante.
El valle de las muñecas es un estado de ánimo, es enfermedad crónica, es de esas cosas de las que tendría que hablar si quiero escribir mi autobiografía. Es como esos amores de verdad, que no vale la pena explicar, sólo esperar para volver a ellos, únicamente acelerar el momento del reencuentro.
Hace más tiempo del confesable, yo tendría unos quince años y mis bellas muñecas se grababan sigilosas en aquella madrugada de la cinta de vídeo, mientras yo dormía, en esa placidez del que no sabe lo que está tramando la vida.   

sábado, 9 de septiembre de 2017

Las 25 películas


Como carta de presentación, como elogio a la vanidad, como saludo a lo predilecto, sin ulterior , he aquí mis veinticinco películas favoritas. Diré que es una lista a riesgo de mutación, pero lleva inalterable desde hace varios años.
Adoro, de cuando en cuando, darme un maratón y verlas todas, una tras otra. Nunca me arrepiento de la hermosa sesión.


ADIÓS A LAS ARMAS (A farewell to arms)


EL MALVADO ZAROFF (The most dangerous game)


SUCEDIÓ UNA NOCHE (It happened one night)


AL SERVICIO DE LAS DAMAS (My man Godfrey)


REBECA (Rebecca)


CIUDADANO KANE (Citizen Kane)


LOS VIAJES DE SULLIVAN (Sullivan's travels)


GENTLEMAN JIM


CITA EN SAN LUIS (Meet me in St. Louis)


LAURA


LAS ZAPATILLAS ROJAS (The red shoes)


EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES (Sunset Blvd.)


UN TRANVÍA LLAMADO DESEO (A streetcar named desire)


EL INTENDENTE SANSHO (Sansho dayu)


JOHNNY GUITAR


SÓLO EL CIELO LO SABE (All that Heaven allows)


IMITACIÓN A LA VIDA (Imitation of life)


DULCE PÁJARO DE JUVENTUD (Sweet bird of youth)


EL TERCER SECRETO (The third secret)


CAMELOT


EL VALLE DE LAS MUÑECAS (Valley of the dolls)


LA FURIA (The fury)


BLADE RUNNER


DRÁCULA DE BRAM STOKER (Bram Stoker's Dracula)


BROKEBACK MOUNTAIN


domingo, 3 de septiembre de 2017

Colosos en llamas


Cada vez que contemplo una película de catástrofes, de cualquier época, me pregunto por qué sus responsables renuncian a crear unos personajes interesantes y un drama a la altura, reducido todo a caricatura, cliché y diálogos chirriantes de puro ridículo. ¿Acaso no es posible un esfuerzo? ¿Tanto tiempo les ocupan los efectos de sonido? ¿Dónde está el guionista?
Tras meditarlo, he llegado a la conclusión: en un drama con carne, la catástrofe es incongruente. Sería como un castigo repentino que les sucede a los personajes sin mayor causa que la divina.
En las películas de catástrofe, el drama entorpece, es innecesario, molesta. La catástrofe es el drama; tiene su propia progresión, su propio suspense. Lo demás es un aderezo, para que el espectador no se pierda. Que sus actores sean estrellas es parte de la estrategia. Ya los conoces, no hay necesidad de desarrollar sus personajes, con ellos te embarcas desde el primer momento porque los adoras de antemano.
El encanto por el desastre, que ha dado luz a muchos lucrativos negocios fílmicos, no pertenece a la era de El coloso en llamas, aunque es cierto que, durante la década de los setenta, las reconocibles all-star disaster films se hicieron moda y seña.
El coloso en llamas, fácilmente la mejor del ciclo, fue también de las más taquilleras y, de hecho, se alzó como la más vista en 1974.


No fue la primera vez ni la última. En 1936, el número 1 en recaudación se llamó San Francisco, que recreó el famoso terremoto que asoló la ciudad, y en 1997, el mundo se volvió por Titanic, meticulosa ilustración del hundimiento del transatlántico.
La estrategia es doble; por un lado, se imprimen las historias humanas, tan delgadas y básicas que impacientan a los críticos, pero capturan la atención del gran público, mientras la acción se dispone para el escalofriante instante en que la película se vuelve una experiencia galvanizante.


En el año de El coloso en llamas, se estrenaron otros dos títulos de catástrofe similares: Terremoto y Aeropuerto 1975, que también alcanzaron saneadas cifras de recaudación.
Sus ocurrencias y descacharrantes diálogos - el desastre es el guionista - las hicieron tan parodiables como velozmente envejecidas. Son puro camp y también la evidencia de un Hollywood sin ideas, exanguinado, con celéberrimos actores que conocieron pastos más verdes, listos ahora para cobrar el cheque.


El aroma a negocio de las películas con efectos especiales sobre cualquier atisbo de sinceridad destierran tradicionalmente a estas disaster movies de análisis serios y se subestima el primitivo poder fílmico que tienen.
Desde los albores del invento, mantener la respiración para que alguien salve del inminente descalabro descubrió el gusto de la audiencia por el suspense. Con el tiempo, que no se salve, que caiga, que muera, se volvería el supremo encanto.
El coloso en llamas es el mejor ejemplo, porque, si tiene los excesos y deficiencias de su pelaje, también conserva una capacidad rapturosa que resiste al paso del tiempo. Es lo que cualquiera llamaría una película espectacular y yo añadiría que hasta estéticamente muy hermosa. 


Ese edificio en llamas, esos ventanales del último piso, esa Faye Dunaway vestida como una diosa en el ascensor; el deluxe setentero en su máxima expresión.
Lo más sorprendente de El coloso en llamas es, sin duda, la presencia de Paul Newman, que reconocemos por aventuras cinematográficas de muchísima mayor enjundia. Se disculparía toda la vida de caer en esta ocasión por el dinero y también por firmar por otra con Irwin Allen, la terrible When Time Ran Out, uno de los títulos finales del ciclo.
La llegada de Steve McQueen aceleró la tensión y se vivió una rivalidad al estilo ¿Qué fue de Baby Jane? entre los dos actores, cuyos nombres aparecen en créditos de la creativa manera necesaria para que uno y otro se sintiesen primero y por encima. 


McQueen demandó las mismas líneas de diálogo que Newman y terminó por hacerse con el papel del inevitable héroe de estas historietas; el que, en el momento preciso, se salta el protocolo, desobedece y va por libre para salvar la situación.
Pese a lo raquítico de su argumento, El coloso en llamas estaba basada, no en una, sino en dos novelas, que habían sido compradas por sendas majors. Para evitar la competencia, por primera y no última vez, unieron fuerzas.
La Warner y la Fox, en su plena reconversión a emporios corporativos, desplegaron la película all money can buy que su amnesia de más exquisitos tiempos demandaba. En su proverbial hipocresía, se asegura que El coloso en llamas es un homenaje al cuerpo de bomberos.
Para abundar en el descaro de intenciones comerciales y sus oportunos disfraces de prestigio, El coloso en llamas estuvo nominada al Oscar como mejor película y se puede apreciar, cuando se lee el sobre al mejor actor de reparto, que Fred Astaire tenía esperanzas de ganar.


Las reposiciones televisivas de esta y otras entregas disaster insistieron siempre en su calidad de evento. 
"Una chispa de fuego se convierte en una noche de flameante terror", reza su tagline. Pero El coloso en llamas, como los más desmesurados excesos comerciales de Hollywood, ha suscitado más risita y cinismo que veneración. 
En cualquier caso, es un clásico, pero otro tipo de clásico, de una división más profana.


Si ya sabemos que el público es un gran masoquista - el año anterior se había estrenado, con enorme éxito, El exorcista -, entendamos cuál es el atractivo de esta película, más allá de los efectos especiales.
Los albores del cine coincidieron con la época donde la gran ciudad y la tecnología ya habían tomado las riendas del futuro. Como contradicción, la última mitad del siglo XIX y primera mitad del XX presenciaron terremotos e incendios que asolaron urbes enteras y expresaron la pernición de vivir en lugares congestionados y sublevados a la especulación. 
En sus recreaciones, tanto literarias como cinematográficas, siempre ha prevalecido cierta mirada bíblica a estos sucesos.


En El coloso en llamas, el rascacielos es un momumento a la vanidad humana y su íntima relación con la ineptitud. Es un pollón bien grande, que, a la hora de la verdad, no sirve para nada. Como la película misma, añadirían muchos, señalando la ironía.
En la destrucción integral, hay una máxima: la muerte es tan aleatoria como en la realidad; por lo tanto, es sorprendente. El personaje de Jennifer Jones se salva en muchas ocasiones y, de repente, se resbala y adiós. 
Lo peor se lo lleva el pueblo, dicen estos dramas para conectar con la sensibilidad de la audiencia. Los inocentes son los que sufren por la codicia de los poderosos que han construido mal semejante ratonera.
En la justicia poética propia del cine, los malvados también caerán. En la hipocresía del cine de acción norteamericano, la muerte es eso: una caída, una baja. Es absolutamente antirrealista, las agonías suceden en off y si las vemos, la sangre se controla, el dolor se estiliza y el personaje puede pronunciar unas significativas palabras antes de estirar la pata. 
La ilustración de la muerte ha podido conocer más detalle gráfico desde El coloso en llamas, pero su frivolidad es similar; sólo sirve para crear un shock y que la película se siga moviendo, con energía.
Lo que gobierna no es la vida ni la muerte, sino la maquinaria, la ingeniería, el contrarreloj.
Además de la visión de la tragedia, está la necesidad misma de recrearla. 
La necesidad tan norteamericana de melodramatizar tragedias inapelables es una curiosa forma de luto, como una viuda siciliana mesándose los cabellos. En el momento más cruento de El coloso en llamas, una mujer prefiere saltar al vacío que quemarse viva, eso que nos recordaría el colapso, décadas después, del World Trade Center.


El coloso en llamas insiste en lo evitable de la tragedia vivida.
Construir rascacielos está bien, pero el error está en el fraude: se ahorraron costes y no se consultó a los expertos. Hay alguien a quien culpar, dice la historia como alivio. El capitalismo funciona, pero debe ejercerse humanamente, proclama Hollywood por enésima vez. Y la película así misma se lo dice, a ver si alguien se lo cree: soy grande y arrogante, sí, pero tengo mi corazoncito.


Las películas viven por encima de su espíritu y su dudoso gusto y El coloso en llamas es justo lo que entrega: una noche de flameante suspense. 
A diferencia de otras disaster del período, donde la sed de epatar es tan eterna que el espectador acaba alienado, la construcción de esta velada en el Averno es impecable y su progresión, minuciosa. 
Es una avanzadilla de los mejores clímax ideados por James Cameron, donde se observa el reloj en la mano del director, convertido en un especialista. 
Funcionan todas las ideas locas de El coloso en llamas: su delicioso y constante juego con el vértigo, su ilustración de la estúpida impaciencia de la masa cuando quiere salir de un recinto en peligro o su acuática solución que, no por casualidad, viene de arriba, cual Dios enviando el Diluvio en forma de bidones de agua, que explotan y lavan al coloso de su flameante erección. 
La torre de Babel, ajusticiada.


Será por el schadenfreude - el placer de ver a otros sufrir - o por lo contrario - el alivio de contemplar a los bellos salvarse -, El coloso en llamas suscita a la perfección nuestra compleja relación con el abismo y la destrucción.
Esa manera de alelarse cuando cualquier cosa o vida se rompe o ese chispazo de atracción hacia la fosa que sentimos cuando nos acercamos demasiado al borde. Debemos tener la cita con el Infierno impresa en el genoma.